Bajo el nombre de certificación edilicia sustentable conviven cosas distintas, y esa confusión es la que hace que muchos propietarios no sepan qué están pidiendo. Conviene separarlas antes de arrancar cualquier trámite.
Es una etiqueta de A a G, parecida a la de los electrodomésticos, que informa cuánta energía primaria necesita la vivienda por metro cuadrado y por año. La emite un profesional certificador habilitado, sobre la base del procedimiento nacional y de las normas IRAM de acondicionamiento térmico de edificios. Es informativa por definición, aunque cada vez más jurisdicciones la exigen para transferir, habilitar o acceder a beneficios.
Varios municipios tienen ordenanzas propias que otorgan beneficios —descuentos en tasas, mayor superficie edificable, agilización del expediente— a obras que incorporan determinadas medidas. Cada régimen tiene su propio listado y su propio puntaje: lo primero que hay que hacer es leer la ordenanza vigente del municipio donde está el terreno, porque no se parecen entre sí.
LEED, EDGE, Passivhaus y similares son certificaciones voluntarias de mercado, con costos y exigencias muy superiores. Tienen sentido en desarrollos corporativos o de escala, rara vez en una vivienda unifamiliar.
Con esos datos, el certificador corre el cálculo y emite la etiqueta. En obra nueva conviene hacer una simulación en la etapa de proyecto: si el resultado no gusta, todavía se está a tiempo de cambiar un espesor de aislación o un tipo de vidrio, que es barato en el plano y carísimo en obra.
La etiqueta no mejora la casa: la mide. Lo que mejora la casa es lo que se decide antes de pedirla.
Acompañamos el proceso completo, desde la simulación en anteproyecto hasta la certificación final. Ver el servicio →
Mandanos dónde está el terreno o la obra y qué tenés pensado. Respondemos con una primera devolución técnica, sin cargo.